Recorrimos kilómetros escuchando esa canción,

buscábamos vientos del norte que nos hicieran encontrar nuestro sur,

el verde se colocaba por cada recoveco de nuestro alma

mientras aguantábamos náuseas de vértigos y miedos.

 

Delirando en una habitación de hotel mientras huíamos,

sin saber hacía dónde ni cómo,

dejando atrás restos de química y miradas cómplices.

Furtivos te quieros y bailes salvajes entre esas cuatro paredes.

Cada nuevo rayo de sol nos volvía a golpear de lleno,

pero jamás pudo tumbarnos.

Flotábamos sin quererlo, amaneciendo en sudor

tras el fulgor de la batalla que se libraba a oscuras.

 

Nos gustaba pelear. Te gustaba pelear… Y yo moría

por perder una última vez más.

Segundo asalto a cada madrugada, donde el empate firmado,

nos daba risa. Te daba risa, me daba risa y volábamos.

 

Traspasamos fronteras como el que desprende

duende en cada taconazo.

Bendito calor pensamos,

antes de bajar al infierno.

 

Susurrando a gritos un nuevo rock and roll,

nos cambiaron las horas por arena a punta de corazón.

Viendo como se aleja el mensaje cuando

amanecíamos con el oleaje de la primera resaca.

 

En nuestro rincón tú me acribillabas a besos

mientras mi cabeza, dibujaba esos versos

que algún día, me juré, te escribiría.

Sigo preso en la jaula que llamamos vida.

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