Locura en navidad

Las agujas del reloj marcaban exactamente las siete de la tarde, después de una larga jornada laboral, Luca salía de su puesto de trabajo camino a casa. El frío era casi insoportable, la ventisca de nieve le golpeaba el rostro y a duras penas podía avanzar por el viento. El suelo era un manto blanco, las luces de navidad coronaban toda la ciudad y los chiquillos no paraban de jugar con la nieve. Una ajetreada corriente de personas llenas de bolsas con regalos hacía todavía más complicado andar. – ¡Qué locura la navidad! – pensaba para sí mismo.

Tras el largo recorrido, al fin alcanzó la puerta de su casa, entró y dejó las llaves en el cuenco de la mesa del recibidor. Como siempre. Luca era un tipo frío, solitario y algo triste. Jamás salía de lo cotidiano. Nada más llegar a casa, se aflojaba la corbata, dejaba el sombrero en el perchero, ponía en marcha el toca discos, siempre sonaban The Rolling Stones, y se marchaba a la cocina dispuesto a servirse un trago.

Removiendo su copa de balón en la mano, se dirige hacia el salón. Allí aviva la chimenea. Siempre pasa largas horas viendo cómo el fuego chisporrotea, llegaba a un punto en que quedaba hipnotizado. El siguiente paso en su rutina era sacar un cigarro de la cajetilla y llevárselo a la boca. Día tras día se sucedía el mismo ritual. Sentado en el sofá delante del fuego, los hielos golpeaban el cristal de la copa, apurando una calada de su pitillo, los pensamientos comenzaban a rondarle la cabeza. Aunque estaba sentado en la butaca del salón, su mente estaba en otro lugar, un lugar del que jamás podía escapar.

La mirada fija en el fuego de la chimenea. Los efectos de sus vicios comenzaban a hacerse latentes y el fuego parecía danzar. Danzaba al ritmo de la música hasta que conseguía vislumbrar una silueta. Sin duda era ella. Desde hace unas navidades, tras la pérdida de su pareja, Marta, esta situación se sucedía cada navidad año tras año. Corría el año 1976 y, desde hacía cinco, su ausencia le había marcado para siempre.

Todo sucedió la noche del 31 de Diciembre, la última noche del año. La última noche de sus vidas. Marta se fue físicamente. De Luca, se había marchado el alma. Iban por la carretera, dirección a casa de los padres de Marta. Todo parecía normal cuando de pronto, en una curva, algo falló. El coche no respondió como debía, Luca no consiguió hacerse con el control y se salieron de la carretera. Varias vueltas de campana precedieron lo peor. Ella había perdido la vida, Luca había perdido la suya también.

Pero él se dejaba llevar, le podía la situación hasta el punto de imaginar que Marta seguía allí con él. En el mismo salón donde tantos momentos habían compartido juntos. Luca le cogía la mano y es como si el tiempo jamás hubiese pasado. Nada había cambiado. Sus vidas eran las mismas y no había porque preocuparse. La cabeza de Luca ya no era capaz de manejar la situación, su mente se inundaba del fuego de la chimenea, el humo de los cigarrillos y el sabor de la copa. Era otra realidad. No era lo suficientemente fuerte para vivir en el mundo, así que decidió crear su propio mundo.

Con Marta a su lado ya no era aquel hombre frío y triste. Andaba por la calle de forma alegre, se paraba a dar limosna a los indigentes que tal mal lo pasan en estas fechas, jugaba con los niños a lanzar bolas de nieve e incluso hacía el tonto con los Papa Noeles que custodiaban las entradas de las tiendas. Luca era feliz, Marta era feliz y el mundo estaba sumido en un ambiente navideño como el de las películas.

A Luca le encantaba cubrir toda la casa con luces. Presumía de tener  la casa mejor adornada y más bonita de todo el barrio. Su enorme abeto era la envidia de todos los vecinos. Solían pasar las tardes en casa haciendo galletas, decorando la casa y viendo una infinidad de películas en el sofá. De repente el teléfono sonó, Marta lo descolgó y comenzó a hablar. Pasados dos minutos cogió el teléfono y, con el enorme cable, se dirigió hacia la cocina. El tema de conversación ahora era algo más serio y necesitaba estar sola. Luca no le dio importancia.

Finalmente colgó el teléfono y volvió al salón, al sofá para acurrucarse junto a él. Su gesto había cambiado, las noticias que acababa de recibir eran más serias de lo que esperaban ambos.

-¿Quién era? – preguntó Luca.

-¿Recuerdas la entrevista que hice la semana pasada en aquella famosa cadena de televisión? – contestó Marta.

-Sí, ¿qué pasa?

-Me han ofrecido un puesto. Soy la nueva presentadora del telediario nocturno. Empiezo el próximo lunes.

-¡Eso es fantástico! Me alegro muchísimo, sabía que tu oportunidad iba a llegar y lo vas a hacer estupendamente.

-Gracias, en dos días sale mi vuelo rumbo a Liverpool…

El silencio en ese momento se hizo dueño de la habitación. Marta seguía teniendo el mismo gesto serio, ahora Luca lucía una cara de incredulidad a la altura de las noticias recién recibidas. Pasaron un par de minutos y ninguno de los dos hizo el amago de abrir la boca. Finalmente ella dio el paso:

-Necesito aceptarlo… Una oportunidad de estas magnitudes no pasan todos los días. Si la rechazo, quién sabe cuándo puedo encontrar un trabajo así…

-Lo sé. No vas a rechazarlo. Vas a coger ese vuelo y vas a ser la mejor presentadora de Liverpool. Yo no podré acompañarte, no puedo dejar el periódico.

– Lo entiendo. Nos arreglaremos.

La noche continuó como si nada hubiese ocurrido, quizás se mostraron más cariñosos de lo normal fruto de la inminente separación.

Los días previos al vuelo, decidieron pasarlo con la familia de ella. Las grandes cenas, regalos, villancicos se sucedían en un afán por distraer a la mente de aquel fatídico día que cada vez estaba más cerca, tanto que, al fin llegó. Los dos en el aeropuerto se fundieron en un profundo beso y un eterno abrazo. El vuelo despegó y cada uno tomó su camino. Aunque ahora estaban separados nada podía romper su amor.

En un principio, a pesar de ser raro, sus vidas parecían normales, como si nada hubiese cambiado. Las llamadas telefónicas se sucedían a diario. Luca iba a la redacción todos los días para cumplir con sus funciones. A Marta todo le salía a la perfección y en poco tiempo logró hacerse un nombre entre los habitantes de Liverpool y gran parte de Inglaterra. Pero las distancias son malas. Poco a poco comenzaron a reducirse las llamadas, ya apenas hablaban y solo quedaban los recuerdos.

Luca empezó a fijarse en una chica de la redacción, su cara le resultaba familiar. Había algo en su mirada que le llamaba la atención. Después del trabajo, Luca, solía ir al pub que tenía cerca de su casa. Unas cervezas le servían para desconectar del ajetreo de la navidad, que ya no le parecía tan bonita, y de paso, podía olvidar a Marta por unos instantes. Pero la chica le había seguido. Cruzaron unas tímidas miradas y se sentó a su lado.

-¡Hola! – dijo la joven.

-Hola… – contestó Luca con una sonrisa estúpida.

-Me llamo Marta.

No podía creerlo, aquella atractiva chica que lleva días en su cabeza no podía tener el mismo nombre que su novia, ex novia, o…

-Encantado, yo Luca.

-Te he visto en el trabajo, pero no me atrevía a decirte nada. Así que te he seguido hasta aquí, me moría de ganas de conocerte.

Luca mostró una gran sonrisa, una sonrisa embobada. Embobada por el olor de su fragancia que entraba por su nariz e invadía todo su cuerpo. La tímida conversación poco a poco se fue animando. Pasaron las horas y el camarero tuvo que invitarles a irse. Siguieron juntos el camino hasta casa de Luca.

Las llamadas ya no existían. Cada uno había reconducido su vida. Liverpool estaba lejos, y Luca, en Londres, se había enamorado de Marta, su compañera de trabajo. Juntos pasaron una navidad mágica, a veces le volvían vagos recuerdos de su otra amada, pero pronto se difuminaban ante la que era la mujer de su vida. Paseaban de la mano por la calle, iban a patinar sobre hielo, hacían cientos de compras y pasaban los días como dos chavales enamorados.

Pasaron los años y con ellos llegó su primer hijo. Christopher fue recibido como agua de Mayo por sus progenitores. Ambos rebosaban felicidad por todos lados, la vida no les podía ir mejor. Pero Luca empezó a tener sensaciones extrañas, últimamente no se encontraba muy bien… Sentía vértigos, mareos, y le venían flashes a la cabeza que le dejaban atontado durante unos minutos. Después volvía a la normalidad, aparentemente, pero su cerebro no dejaba de pensar en lo que había sucedido. La presión asfixiante cada vez era mayor, no lo podía soportar más. En el trabajo se mostraba apático, dando vueltas a lo que le estaba sucediendo. Al volver a casa intentaba aparentar normalidad frente a su hijo y esposa, pero cada vez era más difícil disimular. Un día exhausto de estos síntomas se desmayó, cayendo desplomado en el suelo. Marta y Christopher se asustaron mucho, pero era algo que veían venir de lejos.

Luca despertó. Tenía la mirada perdida, balbuceaba algunas palabras que nadie acertaba a entender y daba bandazos con la cabeza. Después de unos minutos, pareció recobrar el sentido. Pero el sentimiento de estar fuera de lugar y aturdimiento eran mayores. Se levantó, bebió un vaso de agua y se marchó a la cama tras un: – Estoy bien.

A la mañana siguiente, preparó el café como cada día y se lo bebió en su butaca, frente a la chimenea. El fuego chisporroteaba. Mientras daba sorbos al café caliente, sostenía un periódico en las manos. Nunca había reparado en lo mecánica que era su vida. Comenzó a leerlo pero no comprendía absolutamente nada. Allí se hablaban de cosas que desconocía, incluso el significado de alguna palabra… La casa estaba tranquila. Continuó leyendo el periódico hasta que su hijo entró al salón para darle los buenos días. Todo marchaba bien, el episodio de la noche anterior había quedado en un susto.

La nieve caía tras la ventana y Luca decidió hacer algo que cambiaría su devenir. Volvió a la portada del diario. Se quedó pálido, sin aliento, agarrotado, no podía casi respirar… 25/12/2014 se podía leer en la esquina superior derecha. Esto no podía ser real. Luca volvió en sí, pero no daba crédito a lo que sus ojos veían. Se levantó, vio a su hijo y esposa; sin duda eran ellos. Todo estaba en orden. La casa parecía la misma. Era la misma. Se fijó en el calendario de la cocina y otra vez leyó la misma fecha. Se marchó corriendo con la bata puesta calle abajo a través de la nieve. Era el día de navidad y todos los niños jugaban con sus nuevos juguetes en las calles, se asustaron al ver semejante estampa.

La huida duró varias horas. Al regresar a casa, su familia le miraba con cara de miedo y sorpresa. Luca puso en marcha el viejo toca discos, Cocksuker Blues sonaba de fondo, sacó un cigarrillo y sentó a contemplar el fuego de la chimenea. Nada había sucedido. Hace meses que el doctor le diagnosticó una enfermedad mental por la cual perdía la noción del tiempo, de su identidad y se inventaba vidas ajenas. Jamás existió aquella Marta que viajó a Liverpool para trabajar. Su vida transcurría en 2014, junto a su esposa Marta y su hijo Christopher. Sus malos hábitos le hacían reforzar la enfermedad y viajar a otro mundo. A su mundo. A ese mundo que jamás existió.

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