Escribir cada poema no es más que huir
de mi vida sin salir de este cuaderno.
Cuando vives maniatado,
precisamente está en tu mano sentir la libertad.

Tantas veces al borde del precipicio,
tantas veces a un paso de la libertad,
Tantas veces tan cerca de dar el paso
al precipicio de la felicidad, que asusta.

Y siento miedo. Miedo de verdad,
miedo de mí, de todos esos puñales
que aparecen en forma de pensamientos
autodestructivos, y me destruyen.

Porque cuando algo va bien, no puede ir bien.
Mis fantasmas se encargan, sigilosos,
de llegar por la espalda y rajar toda esperanza.

Pero intento dar el paso, te veo cerca.
Hasta creo vislumbrar tu sonrisa.
Eso debe ser, me sonríes;
Vuelvo a mirar y veo el cuchillo entre tus dientes.

Me precipito, salto al vacío una noche más,
sueño que mis alas, no son más que
tus delicadas manos dándome el golpe definitivo.
Ese golpe que me haga remontar el vuelo y volar.

Navego perdido en mi delirio,
preso de las heridas y cicatrices que aún
no afloran en mi piel. Pero las siento.
Queman y me quemo lentamente
entre los vagos recuerdos de lo que nunca fue.

Lo que nunca pasó. Lo que jamás se destruirá,
porque al otro lado del precipicio
veo tu mirada, esa mirada complaciente
de la que solo tienen miedo mis fantasmas y hace arder mi corazón.

Me llevo una vez más la mano a la chaqueta
y desenfundo un nuevo cigarrillo,
Que se consume mientras aprieto el gatillo de la sin razón.
Viendo cómo todo ha sucedido. Viendo como nada ha pasado.

V.

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